|
Yo me quedé con la boca abierta: Debs hacía la broma del pueblerino que llega a "la gran ciudad y las luces brillantes" y yo me sentí así: desde el malecón del Bund, el juego de luces con el que nos presentan los rascacielos es alucinante. A mi lado, la linda Kazzy tenía la mandíbula aún más abajo: ella viene de la suave Irlanda, una isla sin grandes alturas naturales ni artificiales. De pronto nos habíamos descubierto en la gran ciudad del futuro.
Cuando estuve en Hong Kong (dentro de unos días, para ir a Nueva Zelanda, tendré que pasar por ahí de nuevo), me sentí agobiado al pie de la montaña, por las calles estrechas que se las arreglan para acomodar en sus lados los enormes rascacielos, que distan entre ellos no más que unas pocas decenas de metros.
Ésa es una de sus desventajas: los ingleses apretaron demasiado los altos edificios en su antigua colonia, hay que buscar los lugares abiertos de los paseos marítimos porque en ciertas partes uno se llega a sentir minúsculo y casi aplastado. En Shanghai no ocurre así. Y si Hong Kong es impresionante, Shanghai me dejó maravillado por su vanguardismo y un sentido del espacio que resulta más espectacular y más humano, a la vez.
Su historia no lo anticipó, vale decir. Al igual que Hong Kong, su origen tiene muy poco de chino: no había más que unas cuantas aldeas cuando los ingleses le arrancaron a Beijing en 1842, tras la Primera Guerra del Opio, el derecho de establecer allí una "concesión": nominalmente, la soberanía seguía en manos del emperador; de hecho, aplicaban las leyes de la reina británica, era su propia policía la que la imponía y los chinos eran ciudadanos de segunda clase. Otras potencias obtuvieron concesiones similares y la ciudad se convirtió en un conjunto de pequeños feudos vigilados por gendarmes franceses, estadounidenses, japoneses e italianos, además de los ingleses.
Para 1853, Shanghai se había convertido en el puerto más activo de Asia gracias al comercio de opio, seda y te. Fortunas gigantescas se amasaron allí. Proliferaron los fumaderos, los salones clandestinos de juego y los burdeles, así como una explotación bárbara de los trabajadores, sometidos a largas jornadas con escaso pago y sin derechos laborales. Atrapados por el hambre y la pobreza, vendidos como esclavos y excluidos de la vida bonita y los parques que los extranjeros gozaban, fueron los obreros de Shanghai quienes fundaron el Partido Comunista Chino, en 1921. En la ciudad, esta organización condujo numerosas luchas contra las policías combinadas de los nacionalistas del Kuomintang y las potencias de las concesiones, y su influencia sigue siendo la más importante en la cúpula del gobierno del país. No extraña entonces que la ciudad sea objeto de un trato preferencial, incluso con respecto a Hong Kong.
Al anochecer, cuando paseamos por el malecón del Bund, sobre el río Huangpu, presenciamos uno de los mayores espectáculos urbanos del mundo: ¡los chinos planearon cada detalle para dejarnos con la boca abierta!
En la ribera oriental, la contraria a donde estábamos detenidos, la híper-vanguardia: los rascacielos más futuristas del mundo. En la occidental, los viejos e imponentes edificios victorianos, retocados con algún razgo posmoderno y rojas banderas nacionales... y la iluminación...
A los chinos, inventores de los fuegos artificiales, les encantan las luces. Desde las orillas del río a nivel de superficie hasta la antena más alta a 420.5 metros de altura, todos los potentísimos cañones de luz --verdes, azules, blancos, púrpuras-- están sincronizados en hermosos juegos y figuras.
De día es también impresionante. Puxi, al oeste del río, es el viejo Shanghai: las calles son poco más anchas que las de Hong Kong, pero la belleza de los edificios construidos en la época de las concesiones y el espaciamiento de los rascacielos le permite a uno respirar y disfrutar.
En el lado este, Pudong... ¡Pudong es otra cosa! Aquí es donde Shanghai despega definitivamente sobre Hong Kong. Tiene la gran ventaja de ser joven, muy joven, y tener mayores planicies --no está limitada por una montaña como el Pico Victoria--, por lo cual combina una planeación urbana moderna y extendida con el conjunto de rascacielos más moderno del mundo: es la primera ciudad del siglo XXI.
Hace tan solo 15 años, todo en Pudong eran granjas. La intención de convertirla en la capital financiera de China (y, esperan los jerarcas comunistas, de Asia y de todo el mundo capitalista) fue anunciada apenas en 1990. Y en sólo década y media fueron construidas las anchas avenidas, los extensos parques y alrededor de ellos --con suficiente espacio entre uno y otro, para que uno pueda admirarlos sin sentirse aplastado--, decenas de rascacielos de 70, 80 y --en construcción-- 90 pisos.
La maravilla de Shanghai radica en combinar con acierto su historia antigua con un futuro que materializa en el presente. Arquitectónicamente, mezcla con excelencia la tradición europea del siglo XIX con la aventura global del siglo XXI.
Aconsejan los mayores hallar la manera de convertir las derrotas en victorias. Shanghai, producto de la derrota y la humillación de China, es hoy el escaparate de su orgullo y de su gran apuesta. Pago por ver.
|