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Globali… qué? Pensó José Carreño la tarde en la que charlamos sobre la posibilidad de desarrollar un blog con temas sobre la globalización. Entendí muy bien a Pepe. Su rostro se quebró cuando leyó la palabra clave de la propuesta: globaludización. Globali… ¿qué?
Al leer la dichosa palabra uno puede pensar que se trata de una marca de mata cucarachas o quizá de una marca de globos con presencia internacional. Pero no. La globalización, en el siglo XXI, ha derivado en el consumo de lo lúdico; de las experiencias.
La globalización forma parte de la economía ingrávida. De la que no pesa. De los servicios que divierten. Hoy, el Fondo Monetario Internacional, no alcanza a explicarnos el significado de la globalización. El Banco Mundial enmudece ante lo que ve. Posiblemente encontremos más respuestas en los parques temáticos. Pensemos en los museos. (Contra la amenaza del aburrimiento los museos intentan instalar nodos interactivos como televisiones o computadoras; música; luz y un largo etcétera.) En los países museo, como Cuba. O en la ciudad museo, París. Pensemos en las cafeterías Starbucks que paradójicamente poco importa si venden o no café. Lo que sí venden son las experiencias. El disfraz del intelectual (intele… ¿cuál?) posmoderno, cool. O pensemos en las tiendas Zara, una de las fábricas de maniquís más grande del mundo. Mimetizar es globalizar. Ser original puede ser una simple ilusión. Una entelequia sin pies ni cabeza. Pensemos en la Eurocopa y en las lágrimas de Cristiano Ronaldo que, como tsunami, bañaron la alegría del mundo entero. Pensemos en el sentimiento del amor. Por que en el principio… fue la globalización.
Pero regresemos al origen del blog que estás leyendo. El juego le ha ganado terreno a la solemnidad. Esta sí que es una de las grandes aportaciones de la globalización. Los temerosos son los políticos. Los que hicieron de la retórica el perfume con el que adormecieron a los adolescentes. Pero los políticos se equivocan. Ya no más. Pensemos en la imagen del góber precioso en el medio YouTube. Tan escatológica como anodina; tan ridícula como corrupta.
En la globalización la sensación de empequeñecimiento del mundo es vital. Los temas se empalman. El jardinero se convierte en político; el académico en payaso; el carpintero en estadista; el cantante en dirigente sindical. Hace 40 años lo descubrió Guy Debord en la Sociedad del Espectáculo.
Brian Clough, entrenador del equipo de futbol Nottingham Forest también lo pensó en la década de los 60: “Hay más hooligans en la Cámara de los Comunes que en un estadio de futbol”.
Los objetos iluminados por la globalización producen sombras. La tecnología ha convertido a las casas en centros de diversión. ¿Para qué salir de casa si podemos jugar al Wii? En las calles se encuentra el riesgo. Los policías sospechan de los adolescentes por el simple hecho de serlo. ¿O no, don Marcelo Ebrad? Pero la globalización aporta soluciones. En Barcelona se encuentra el Raval. Un barrio otrora peligroso. Su museo de Arte Contemporáneo convirtió a la zona en un centro lúdico cultural. Los jóvenes viajan con patinetas al destino que sus respectivos iPods decidan.
Las letras de las canciones de Amy Winehouse se estudian en la Universidad de Oxford pero al mismo tiempo el conservadurismo señala a Winehouse como una mujer que no debe de ser ejemplo para los jóvenes. Dos mundos. Dos tiempos.
Es la globalización.
Aquí la discutiremos.
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